6.1.15

Hoy hice lo que nunca, me duché con agua tibia e, inevitablemente descubrí, por qué no era parte de mi rutina. Finalmente averigüé el por qué de la necesidad de subir la temperatura del agua hasta alcanzar un nivel cuasi intolerable para mi cuerpo.  Resultó que, no era únicamente el  hecho de salir de ese espacio  para sentir el frío que me espera detrás del espejo asfixiado o la maciza puerta que transpira. Tampoco, el placer de sentir como arde mi piel. Es el sentir como arden las ideas. Es la necesidad de hacerlas hervir para no pensarlas más. Evitar reflexionar, esquivar el momento de conclusiones jodidas a las que soy capaz de arribar. Ésta, por ejemplo.
Quizás me iluminé demasiado y destapé otro por qué. Creo haber encontrado la razón por la cual aquella noche te pedí que abras más "la caliente" y me derrumbé minutos más tarde sobre el piso, abrazándolo, agradeciendo quizás, que me haya puesto el freno a tanta locura. Alivio fue sentir el tope en medio de ese mundo negro en el que me empezaba a sumergir. Con mis manos como única guía encontré la salida. Ya acostada sobre la cama, abrazada por la toalla poco a poco fui recobrando el sentido y ahora ya lo se ...solo quería hervir el momento. Vivirlo sin pensar. Ese día no sentí el frío del afuera, tampoco sentí placer. Lo había conseguido, no sentí absolutamente nada.